¡No pienso cambiarme el puto móvil!

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Una de las películas con las que siempre me he sentido más identificado es “Easy Rider” (Dennis Hopper – 1974). Ese gran film en que dos motoristas recorren América de punta a punta, cuya icónica portada y banda sonora (ese inconfundible “Born To Be Wild” de STEPPENWOLF) han pasado a los anales de la historia. Ahora bien, las motos chooper, la bandera americana y la música, son pura y superficial iconografía. Para saborear “Easy Rider” como se merece hay que escarbar bien en su interior, hay que ir más allá de lo superficial. Entender que el director nos propone un viaje a través de la mente humana, con la intención de sacar a la superficie la maldad del hombre, la falta de empatía con el prójimo… saber que “Easy Rider” es una reflexión sobre la sociedad del momento y sus estructuras, reflejo de una “tierra de la libertad” que para nada hace honor a lo que predica.

Los dos moteros, interpretados por Peter Fonda y Dennis Hopper, a los que más tarde se unirá Jack Nicholson, se dan cuenta, a lo largo de la película, de que los conceptos de libertad y felicidad que persiguen son pura utopía. Al llegar a la América profunda no encontrarán más que rechazo y arrogancia por parte de los pueblerinos, que acabarán despertándoles del sueño de la forma más rastrera e inhumana posible… ¿Y todo esto para qué os lo cuento? ¿Qué tiene que ver con el título del artículo? Pues bien, por desgracia, el tema que propone “Easy Rider” sigue estando muy a la orden del día en nuestra sociedad. Nos creemos libres pero no lo somos. Siempre hay un gran ente, llamadlo sociedad o llamadlo como queráis, que nos exprime y nos ahoga, forzándonos a hacer lo que su voluntad quiere. ¡No te atrevas a salir del rebaño o iremos a por ti!

¿Sabéis una cosa? Ahora llegará la Navidad, momento en que tocará reunirse con toda la familia… y las preguntas hacia servidor van a ser: “¿Cuándo te cambias el coche? ¿Por qué no te compras uno de esos móviles con internet y WhatsApp?” Así va a ocurrir, creedme. Y yo, volveré a dar la misma respuesta de siempre: “De momento va tirando mi coche, me lleva… prefiero invertir mis ahorros en mantenerlo que en comprarme otro… En cuanto al móvil, pues no necesito estar todo el día enganchado a una pantalla, pendiente del WhatsApp… Si quiero hablar con alguien, le llamo o le mando un sms. No necesito internet porque ya estoy suficientes horas pegado a un ordenador y conectado a la red. No necesito hacer fotos con un móvil porque ya tengo cámara de fotos…”. Y bla, bla, bla… Ya les puedes vender la moto tantas veces como quieras que ellos no verán más allá de sus narices, diciéndote: “¡Pero si todo el mundo tiene móvil con WhatsApp!”

¿Entendéis ahora por dónde iba el artículo? Lo que me ocurre cada Navidad no es más que un fiel reflejo de los comportamientos sociales. Es una muestra de que lo reivindicado por Dennis Hopper en “Easy Rider” sigue estando a la orden del día. Si no tienes móvil de última generación, con Whatsapp, serás víctima de burlas facilonas por parte de tus familiares, tu padre te mirará como si no fueras hijo suyo… en cierto modo, serás un marginado. Es así, y me da mucha pena. He puesto el ejemplo del móvil, algo anecdótico, fiel testigo de la absurdez humana, pero lo triste es que eso mismo se aplica a otros sectores o ámbitos de la sociedad mucho más serios: gente con problemas económicos es marginada, mujeres que deciden vestir “sexy” por la calle son prejuzgadas, gente con rasgos poco agraciados es marginada; los gordos, los flacos, los altos, los bajos… todo aquello que sale fuera de los patrones estéticos o culturales que la todopoderosa sociedad marca, es marginado.

Al margen de “Easy Rider”, hay otras películas que abordan el tema y que a todos recomiendo. En el año 1932, Tod Browning estrenaba “La Parada De Los Monstruos”, una película polémica a la par que arriesgada, que transcurre en un circo lleno de seres deformes, tullidos y personas con diversas amputaciones. Años más tarde, en 1980, David Lynch lanzaba “El Hombre Elefante”, basada en la historia real de un hombre que vivió a finales del siglo XIX, en Londres. John Merrick se llamaba, tenía la cabeza monstruosamente deformada, y vivía en una situación de constante humillación por parte de los demás. Últimamente, que yo recuerde, la película que más me ha llamado la atención en ese sentido es “District 9” (Neil Blomkamp – 2009); un gueto de alienígenas ubicado en Johannesburgo (Sudáfrica), donde son marginados y maltratados por el simple hecho de ser diferentes.

Sí amigos, hay ocasiones en que me siento John Merrick, y lo mejor de todo es que me tenga que sentir así por un hecho tan estúpido como no tener móvil de última generación. La cosa da qué pensar, ¿no creéis? Y el problema, paradójicamente, es justamente ese: que no se piensa. No se recapacita, no se interpreta objetivamente al prójimo, no se hace por entender a los demás… Puedes ser libre, pero como ellos te digan, no entienden que hay otras maneras de serlo. ¡Así va el mundo!

Ivan Allué

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