“La Cámara Lúcida”

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“La videncia del fotógrafo no consiste en ‘ver’ sino en encontrarse allí”  (Roland Barthes)

La fotografía es inclasificable. Reproduce al infinito lo que sólo ha ocurrido una vez: repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente (lo real en su expresión infatigable). Una foto no puede ser transformada (dicha) filosóficamente, siempre estará lastrada por la contingencia. No es más que un canto alternado de “vea, vea esto”, cuando mostramos nuestras fotos a otros… Así comienzan las páginas iniciales de “La Cámara Lúcida” (1980) de Roland Barthes, filósofo francés que hace una interesante reflexión sobre la fotografía, en un libro que sin dudarlo recomiendo a todos los amantes del arte fotográfico.

¿Por qué escoger fotografiar tal objeto, instante y no otro? Son algunas de las cuestiones que propone Barthes a lo largo de este libro. El autor toma como punto de partida para su investigación, algunas fotos de gran relevancia en su vida: “Las fotos de aficionado”. Observó que una foto puede ser objeto de tres prácticas, intenciones o emociones: hacer/experimentar/mirar. Define al fotógrafo como operator, mientras que el spectator somos los que compulsamos colecciones de fotos en los libros, periódicos o álbumes. Y aquél o aquello que es fotografiado es el blanco: spectrum. Esta palabra mantiene relación con el espectáculo y le añade algo, según él, terrible que hay en la fotografía: el retorno de lo muerto. Y es que Barthes tiene razón, en el fondo, a lo que tendimos en la foto que nos toman es a la muerte, ¿no os parece?

Por otro lado, el “posar” ante la cámara nos transforma, qué razón tiene. Al sentirnos observados por el objetivo nos transformamos por adelantado en imagen. Nos mortifica según su capricho. La fotografía representa, imaginariamente, ese momento tan sutil en que no somos ni sujeto ni objeto, sino más bien un sujeto que se siente devenir objeto, nos convertimos en espectros. El fotógrafo nos embalsama con un simple gesto. No sabremos lo que la sociedad hará de esa foto, lo que leerá en ella. Nos hemos convertido en la muerte personificada, hacen de nosotros un objeto clasificado en un fichero, preparado para todos los sutiles trucajes (Barthes filosofeando en una pesadilla).

En este análisis, el autor decide tomar como guía la atracción que siente hacia ciertas fotos. Quiere saber que es lo que le hace vibrar de una foto, que atracción ejerce sobre él, y lo define como aventura. La foto no es animada pero le anima, es lo que hace toda aventura. Llegado a este punto, nombra studium al cómo participa de los rostros, de los aspectos, de los gestos, de los decorados o de las acciones. Es un interés vago, un querer a medias, en cambio hay otro elemento que viene a punzarle; es el punctum. Y aquí quiero hacer especial hincapié, ya que a todos nos pasa. Son esas marcas o heridas que provocan en el espectador una sensación de “pinchazo”. Y fijémonos bien en lo que dice aquí Barthes: “Mientras el studium  no sea atravesado por un punctum que le atraiga, engendrará un tipo de fotografía muy difundida: la unaria (cuando se transforma la realidad sin hacerla vacilar o desdoblarse)”.

También amante del cine, el autor afirma que el séptimo arte tiene un interés que a primera vista no tiene la fotografía: la pantalla. Ésta no es un marco sino un escondite; el personaje que sale de ella sigue viviendo. En cambio hay fotos en las que no apreciamos campo ciego. Los personajes están anestesiados, clavados como mariposas. Sin embargo, en el momento que hay un punctum se crea un campo ciego. La presencia de este campo ciego es lo que distingue a la foto porno de la erótica. Arrastra al espectador fuera de su marco, como si la imagen lanzase el deseo más allá de lo que ella misma muestra. Interesante ¿verdad? Si algo no le punza, dice Barthes, es porque ha estado puesto intencionalmente allí por el fotógrafo. Para que haya punctum, ha de aparecer fotografiado como un elemento inevitable más, es un testigo de que el fotógrafo se encontraba allí, más bien, que no pudo separar el objeto parcial del total.

La videncia del fotógrafo no consiste en “ver” sino en encontrarse allí. Hay mitos asociados al fotógrafo: informar, representar, sorprender, hacer significar o dar ganas. En el fondo, la fotografía es subversiva, y no cuando asusta, trastorna o incluso estigmatiza, sino cuando es pensativa. A través de “La Cámara Lúcida”, veremos que a Barthes una foto le conmueve si la retira de su charloteo ordinario: técnica, realidad, reportaje, arte, etc. La historia es para él el tiempo en que su madre vivió antes que él. Mientras que contemplando una foto de los dos, puede rememorar ciertas sensaciones. Por eso, afirma el filósofo “El fotógrafo tiene algo que ver con la resurrección”. La fotografía no dice lo que ya no es, sino lo que ha sido, es un certificado de presencia. Por vez primera el pasado es tan seguro como el presente, lo que se ve en el papel es tan seguro como lo que se toca. Y es aquí donde el autor identifica un nuevo punctum; el tiempo.

Y ya hacia el final, Barthes concluye diciendo que la sociedad se empeña en hacer sentar cabeza a la fotografía, que puede ser un arte cuando no hay en ella ya demencia alguna. El otro medio para hacerle sentar cabeza es generalizarla. Lo que caracteriza a las sociedades llamadas avanzadas es que tales sociedades consumen en la actualidad imágenes y ya no, como las de antaño, creencias. Son más liberales pero a la vez más falsas. ¿Loca o cuerda? Puede ser lo uno o lo otro; un éxtasis fotográfico. Es injusto que, a razón de su origen técnico, se la asocie a la idea de una cámara oscura, debería llamarse cámara lúcida. ¿Os animáis a leerlo entero?

Ivan Allué

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