¿Cómo incide la Industria Cultural en la producción, difusión y recepción musical? (Parte 2)

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“La experiencia del heavy-metal es experimentar la intensidad de un concierto como un todo –los músicos son una parte, el sistema de amplificación es otra, el público la tercera. El fan individual consigue disfrutar al sentirse parte necesaria del proceso-” (Adell, Joan-Elies)

La gente utiliza la música popular contemporánea, al menos en el mundo occidental, para corresponder a cuestiones referentes a la propia identidad. Pertenezco a un colectivo con unas señas de identidad muy marcadas, estrechamente ligado a un tipo de música: el heavy-metal, por lo que sé de lo que hablo. En este punto, Joan-Elies Adell nombra a Simon Frith, crítico y sociólogo especializado en la música popular, para decir que las personas utilizan la música rock y pop para crearse una particular autodefinición, un lugar determinado en el interior de la sociedad. La música popular contemporánea, según Frith, ofrece el placer de la autoidentificación, autoidentificación que es inmediata y está ligada a la intensidad de la música en tanto que sonido. Pone el ejemplo, entre otros de mi especialidad, el heavy-metal: “…en un concierto de heavy-metal, podemos observar a unos espectadores totalmente absortos en la música; sin embargo, cuando todos tocan la guitarra al aire no están teniendo la fantasía de encontrarse encima del escenario. La experiencia del heavy-metal es experimentar la intensidad de un concierto como un todo –los músicos son una parte, el sistema de amplificación es otra, el público la tercera. El fan individual consigue disfrutar al sentirse parte necesaria del proceso- ésta es la razón por lo que los vídeos de heavy-metal siempre contienen imágenes de conciertos en directo (sea cual sea la historia que cuenten) para poder captar y reconocer la clase de sensaciones que es el propio concierto.” (Adell, Joan-Elies, pag 45).

Todo y que no estoy de acuerdo en la parte final del discurso de Firth, cuando se dice que los vídeos de heavy-metal siempre llevan imágenes de conciertos en directo, porque no es así, si es cierto de que la música en directo posee cierta magia. Dejando los géneros y las etiquetas al margen, cualquier tipo de música interpretada en directo nos puede hacer soñar como público. Es la materialización de algo que hemos escuchado a nuestro antojo mediante otro tipo de soporte, ya sea digital o analógico, y cobra vida al ser interpretado encima de un escenario ante nosotros. Como dice Firth: “Una característica de la buena música, es precisamente su presencia, su capacidad de detener el tiempo, su capacidad de hacer sentir a la gente que vive en el momento presente sin recuerdos o ansiedades respecto a lo que ha acontecido en el pasado o a lo que pueda acontecer en el futuro” (Adell, Joan-Elies, pag 46). Eso sucede precisamente frente a un escenario, los que amen la música sabrán perfectamente de lo que hablo, e por eso que, ante la oleada de piratería musical causada por la aparición de Internet, una de las mayores fuentes de ingreso de las bandas sea los conciertos en directo. Por muy fácil que nos pongan el acceso a la música en la red, o por mucho que podamos disfrutar de un concierto a través de You Tube, nunca será lo mismo que vivirlo en directo.

Llegado este momento, creo que merece la pena hablar de la industria del disco, que es en definitiva la más contundente consecuencia de la llegada de la reproductibilidad técnica. Simon Frith, en el artículo “The industrialization of Popular Music”, nos propone una valoración a nuestro juicio bastante acertada de cuáles fueron estas repercusiones más inmediatas: “El desarrollo de la industria del disco de larga duración marcó una profunda transformación de la experiencia musical, un declive de la producción amateur; el aumento de una nueva clase de consumo y de uso musicales.” (Adell, Joan-Elies, pag 72) No debemos olvidar que detrás del formato físico que nos llega a las manos, sea CD, Vinilo o partitura, hay una compleja cadena que empieza, como es evidente, por la creación, después pasa a la duplicación y finalmente se difunde hasta llegar a nosotros. Por lo tanto, estamos ante un proceso que tiene tras de sí un seguido de recursos financieros, materiales y humanos.

El acto de la creación requiere de talento, de dominio del instrumento, de tiempo, de dinero… Una vez aparecida la Diosa inspiración, la idea va a ser absorbida por la industria cultural, ya que ésta no existiría sin las obras intelectuales, y a la vez comercializada. Aquí ya entrará en juego el trabajo de terceros, que podríamos arropar bajo el gran paraguas de lo que hemos llamado industria del disco. Para promocionar y difundir se necesita el soporte tecnológico, personal calificado, equipos técnicos, medios, etc. Luego vendrá el lanzamiento al mercado, algo intangible, donde el producto cultural se mueve bajo unos indicadores económicos que le darán valor.

La música es un bien importante en términos económicos: supone una parte significativa del presupuesto que los consumidores dedican al ocio, proporciona un medio de vida a los incontables trabajadores implicados en su producción y distribución, y es un componente clave en las cada vez más globalizadas industrias de los medios y las comunicaciones (Carballo, Alfredo). El tamaño de la industria discográfica se mide por el volumen y el valor de las Ventas al por menor. Más del 80% del mercado mundial está controlado por las llamadas “seis grandes” multinacionales: Sony (Japón), Polygram (Holanda), Warner (Estados Unidos), BMG (Alemania), Thorn-EMI (Reino Unido) y MCA (Japón) (Carballo, Alfredo).

Hablemos ahora del reparto de los derechos de autor. Aunque la creación puede materializarse en un producto tangible, tal como una partitura o una grabación sonora, su valor intrínseco reside en la obra misma, así como en el aporte creativo del intérprete que la ejecuta. Es el derecho a explotar el trabajo de creación del autor o del intérprete lo que constituye el núcleo de los procesos económicos o jurídicos que intervienen en la industria de la música. El derecho de autor constituye un estímulo válido para los creadores en una economía sea de mercado o no, así como una base común para las industrias culturales (Carballo, Alfredo).

Según Alfredo Carballo; la música se puede considerar como una forma de capital cultural, es decir, como un medio de almacenamiento y transmisión de valores culturales. En este sentido, el conjunto del repertorio musical de una comunidad, de un grupo, de una nación, o de toda la humanidad, aparece como un elemento fundamental del patrimonio cultural, que se transmite de generación en generación. Veamos como la música está muy influida por los cambios tecnológicos, sobre todo por los efectos de la tecnología en los modos de producción, distribución y consumo (Carballo, Alfredo). Merece la pena echar un vistazo al artículo “The long tail” (La larga estela) de Chris Anderson que, aunque tiene ya unos cuantos años, el contenido continúa siendo de total validez. Eso sí, los precios, ejemplos numéricos o Webs indicadas pueden haber sufrido cambios en la actualidad.

Anderson nos cuenta que la capacidad ilimitada de seleccionar y elegir en la red está revelando lo que el consumidor quiere y como lo quiere, de servicio en servicio, desde DVDs en Netflix hasta videos musicales en Yahoo! o escuchando canciones en iTunes o Rhapsody. La gente rastrea profundamente en los catálogos, repasando las largas listas de títulos disponibles, muchísimo más completos que las de cualquier tienda de Blockbuster, Tower Records o Barnes&Noble. Con esto, nos viene a explicar que la emergente economía del entretenimiento digital va a ser radicalmente diferente en los mercados de masa actuales ya que no hay suficiente espacio en las estanterías para todos los CDs, ancho de banda u horas al día para emitir por radio toda la música que ve la luz cada año; “Si la industria del entretenimiento del siglo 20 estuvo basada en las listas de éxitos, el siglo 21 incluirá también aquellas producciones que según los cánones actuales se consideran fracasos en ventas” (Anderson, Chris ”The Long Tail”.

Es posible encontrar cualquier cosa dentro de esa larga estela, al margen de lo que nos quiere vender el mercado de consumo masivo. Allí está el catálogo de “descatalogados”: viejos álbumes, grabaciones en vivo, caras B, re-mezclas, géneros dentro de géneros… una gran tienda de discos donde podamos encontrar cualquier cosa, sin tener que pagar impuestos de importación ni distribución. Evidentemente, con todo esto que hemos expuesto, las discográficas se llevan las manos a la cabeza. Es un hecho que la industria no es como tiempo atrás. Antes un grupo sacaba disco con una discográfica y tenía unas garantías de hacer carrera y seguir adelante. Ahora, puede que tengan una buena medida de promoción con Internet, pero quizás no podrán llegar a hacer carrera por falta de ingresos o apoyo.

Hemos entrado aquí en un debate delicado que da mucho de lo que hablar, por eso recuperaré las impresiones de algunos músicos a los que tuve el placer de entrevistar tiempo atrás, como Quim Mandado o Martín Rodríguez, ambos ex-componentes de SANGTRAÏT y Joan Cardoner, ex-TERRATRÉMOL. Actualmente embarcados en un nuevo proyecto llamado Los Guardianes del Puente. Quim me comentaba que todo este negocio musical debía cambiar. “Antes, las discográficas te pagaban el disco, luego, también es verdad que ellos se llevaban el 90% de los beneficios y tú te quedabas con una ganancia ridícula. Los que salen perdiendo con internet son las discográficas”. En cambio, para Joan, la figura clave es el manager, mucho más importante que la discográfica. “Hoy en día con Spotify la gente tiene acceso a la música fácilmente. Creo que estamos volviendo a los orígenes, cuando un manager te cogía y te vendía como quien vende un florero. Las grandes bandas, gente como METALLICA, IRON MAIDEN y tal, alquilan un estudio, graban el disco y dicen: “tenemos esto ¿Quién lo quiere? El gran problema con internet lo tienen los compositores que venden canciones a otros. Si esas canciones no generan derechos de autor, estos tíos se mueren de hambre. Si Guardianes fuera el disco más descargado del 2010, para nosotros sería un beneficio. Ahora, si la discográfica se ha gastado una pasta en el disco, es un inconveniente para ellos. No sé, quizás tendrían que poner los discos más baratos”.

Para Martín, un grupo ha de darse a conocer encima del escenario, pero no pueden permitirse estar fuera tres meses de gira como hacen las grandes bandas, como mucho el fin de semana. Según me explicaba; “Internet puede estar mal para unos y bien para otros. Pero, los que realmente quieran trabajar como nosotros, cogiendo bocadillo y furgoneta, estarán de acuerdo. Los que son cómodos y solo quieren vivir de la venta de discos, estarán en contra”.

Como vemos, hay opiniones para todos los gustos. Pero lo que está claro es que las formas de consumo han cambiado. Las nuevas generaciones disfrutan de la música en su ordenador o en el propio móvil, la mayoría de veces sin pagar los derechos de autor correspondientes ni recurrir al servicio iTunes de Apple, que permite disfrutar de un precio estándar para descargar una canción a 99 céntimos aproximadamente. Hoy en día la economía de la música digital está dominada por el iPod, basándose en una librería personal de canciones de pago. No obstante, a medida que mejoren las prestaciones de las redes, las ventajas comparativas de una fuente ilimitada de música, tanto si es está financiada por anuncios como si se basa en una tarifa plana (por ejemplo: uso ilimitado por 9.99 euros/mes), desplazarán el mercado (Anderson, Chris. ”The Long Tail”). Lo cual significará otra vuelta de tuerca en el cada vez más difícil negocio del consumo tradicional de la música.

Pero hace falta una regulación para que la piratería llegue a su fin, ya que mientras la cosa continúe así, la música corre un grave peligro. Como dice Adorno: “La crisis de la música, sobre la cual huelga advertir, no concierne meramente a las dificultades de una creación consistente y con sentido, ni al endurecimiento y nivelación que tienen lugar en la comercialización de la vida musical, ni a la ruptura entre la producción autónoma y el público. Más bien se trata de que todo esto se ha incrementado hasta el punto de que la cantidad se convierte en cualidad. El derecho de toda música a seguir existiendo se hace cuestionable” (Adorno, Theodor W, pag 65).

La industria de la música por Internet está viendo el renacer del negocio basado en los singles como en los años 1950. No obstante desde la perspectiva de los sellos discográficos el consumidor debería pagar más por el privilegio de comprar a la carta y compensar la pérdida de beneficios al no vender el álbum entero (Anderson, Chris. ”The Long Tail”). Pero lo que si es cierto, y bien lo explica Anderson en “The Long Tail”, es que a la industria discográfica le cuesta claramente menos distribuir una canción a través de Internet sin embalaje, costes de fabricación, costes de distribución o costes de exposición, que en formato físico CD. Por lo que solo se tendrían que centrar en los costes de encontrar, grabar y publicitar la música para asegurarles los ingresos habituales a los músicos y a las áreas de las discográficas relacionadas con la grabación y el marketing.

Pero, aparte de las nuevas tecnologías que han impulsado el cambio en el consumo de la música, pienso que las discográficas han venido cavando su propia tumba ya desde tiempo atrás. Como comentaba Quim Mandado, cuando el formaba parte de SANGTRAÏT, la compañía de discos se quedaba con un 90% de los ingresos. Quizás pueda haber exagerado un tanto, pero seguramente sea cierto que las proporciones han sido desmesuradas. Otro factor clave, ha sido el precio excesivo al que hemos tenido que comprar los CDs en los últimos años. Con los costes que hemos venido exponiendo a lo largo del ensayo, desde que se compone un disco hasta que llega a la tienda, venderlo a unos 5 Euros supone más del doble de la amortización de su fabricación.

Está clarísimo que si se bajan los precios, la gente suele comprar más. Por eso propongo a los empresarios del sector musical el replanteamiento de la forma de negocio. El consumidor sabe que la música gratis no es realmente gratis: al margen de los riesgos legales, tiene sus molestias y requiere tiempo construirse una colección de música de esta manera. Los formatos de los títulos varían, así como la calidad de las grabaciones. Hay que saber que a los archivos que nos facilita la red, se le aplican compresiones de todo tipo, así que prácticamente todas las canciones tienen defectos de algún tipo sin tener en cuenta los virus y los tiempos de descarga largos.

Los que amamos la música y el consumo del formato físico, ya sea CD o vinilo, siempre vamos a continuar comprando, pero está claro que los precios abusivos nos hacen abstenernos en más de una compra. Música de grupos con poca repercusión, grabaciones de bajo coste, grabaciones en directo, remixes y cualquier otro material, llamémosle de segunda línea, no puede venderse al mismo precio que las novedades. Otro buen sistema que se me ocurre es bajar el precio paulatinamente a medida que el disco va envejeciendo, independientemente de la calidad musical del mismo. Siempre habrá fans que compren material de su grupo favorito aunque el nuevo trabajo no les agrade del todo. De este modo, podrán esperarse unos meses y comprar al precio que consideren merecedor del mismo.

Concluyo mi ensayo diciendo que Internet y mercado del formato físico, pueden continuar existiendo si se encuentra el justo equilibrio. Ofreciendo un precio justo y formatos de calidad consistente, se puede competir con lo que es “gratis”, de eso estoy seguro. Pero, lo que está claro es que ahora el consumidor no está indefenso a la hora de recibir información, ya que participa en su propio proceso y elige lo que quiere consumir, aunque siempre ha habido sectores ajenos a esta manera de consumo indefensa, como por ejemplo los seguidores del heavy-metal. Atrás quedan los tiempos en que las emisoras de radio musicales, la MTV o Los 40 Principales decidían los gustos del público según unos determinados intereses empresariales.

Como dice Adorno, la temporalidad de la música constituye precisamente aquello mediante lo cual ésta se convierte en algo que sobrevive independientemente, en un objeto, en una cosa (Adorno, Theodor W, pag 41). Dicho esto, ahora es tiempo de reflexión: ¿Acabamos con la música como bien cultural u optamos por una solución a la medida de productores, difusores y receptores que la haga perdurar?

Ivan Allué

Bibliografía
– Attali, Jacques. Ruidos, ensayo sobre la economía política de la música.
Ed: Ruedo ibérico. Francia (1977).
– Adell, Joan-Elies. La música en la era digital. Ed: Milenio. Lleida (1998).
– Ross, Alex. El ruido eterno, escuchar al s.XX a través de su música.
Ed: Seix Barral. Barcelona (2009).
– Varios autores: García Lupiola, Asier (director). Economía y Rock, la influencia de las relaciones intercontinentales y la economía mundial en el Rock. Ed: Servicio Editorial de la Universidad del País Vasco (2007).
– Adorno, Theodor W. Sobre la música. Ed: Paidós. Barcelona (2000).
Documentos on line
– Anderson, Chris. The Long Tail. Revista “The Wired”.
http://www.wired.com/wired/archive/12.10/tail.html
– Carballo, Alfredo. La cultura como factor de crecimiento económico. (Cuba)
http://www.lapaginadelprofe.cl/sociologia/Alfredo/acarballo.htm
– Allué, Ivan. Entrevista a Los Guardianes del Puente. Metalcry.com (Webzine, 2010)
http://www.metalcry.com/entrevista-a-los-guardianes-del-puente/#more-45466

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